Crisis económica y nuevo sindicalismo. Por LUIS SARRIÉS SANZ, CATEDRÁTICO DE SOCIOLOGÍA INDUSTRIAL EN LA UPNA
En opinión del autor, la fractura entre la España que trabaja y la España que sufre, calla y busca trabajo se consolida y comienza a ser insostenible
El 1 de mayo volveremos a ver a los líderes sindicales y sus cuadros, así como a numerosos afiliados, ocupando las calles y las plazas de nuestras ciudades, enarbolando banderas multicolores y coreando los eslóganes de rigor. Oiremos el mismo discurso de estos dos últimos años. En realidad será un primero de mayo gris, porque este sindicalismo oficial no responde a los problemas reales de los trabajadores, particularmente de los que han perdido la esperanza de volver a trabajar. Desde la tribuna de oradores, los líderes podrán contemplar que la crisis económica se ha convertido en una profunda crisis social, que ha dividido a España en dos partes.
A un lado, la España que trabaja y que ríe, que mantiene su nivel de vida, la que llena las pistas de esquí en invierno o las playas en el puente de Pascua o celebra la fiesta de abril en Sevilla. Debajo, la otra España, la casi invisible, la de los 4.620.000 parados, de los cuales solamente tres millones doscientos mil cobran subsidio de desempleo; 400.000 desempleados con un subsidio algo superior a 400 euros al mes; 1.200.000 familias sin ingresos; un millón de parados de más de 45 años sin esperanza de volver a trabajar; el 40% de los jóvenes menores de 25 años que no encuentran empleo, sin contar la generación que estamos creando de Ni-Nis, que piensan que no merece la pena ni estudiar, ni buscar trabajo y, finalmente, el recuento de cada final de mes de los nuevos ciudadanos que han perdido su empleo o de autónomos que ven desaparecer su empresa. Algunos sindicalistas habían augurado que si el número de parados llegaba a los cuatro millones habría un estallido social. Probablemente el estallido no se ha producido por la cobertura que las familias y algunas organizaciones dan a los parados y por el trabajo sumergido, muy atractivo también para los que cobran desempleo.
En resumen, la fractura entre la España que trabaja y la España que sufre, calla y busca trabajo se consolida y comienza a ser insostenible.
La amenaza acompaña también a la España del bienestar. Si volvemos la mirada a los trabajadores ocupados, sigue vivo un mercado de trabajo segmentado que prima a los trabajadores fijos frente a los trabajadores temporales (uno de cada tres) y mantiene viva la brecha de salarios entre hombres y mujeres. Y lo peor es que los españoles y los sindicatos, distraídos intencionadamente con otros problemas superficiales, como el hiyab de una niña o la defensa del juez Garzón, nos estamos habituando a que las dos Españas subsistan y a que nadie salga a la calle, al menos una vez al año, para hacer visibles a los parados y los excluidos de la vida laboral y, en parte, de la social.
Los sindicatos, una de cuyas funciones tradicionales ha sido mantener viva la conciencia y solidaridad ante la explotación o la humillante situación de los trabajadores han enmudecido. La respuesta que dan se resume en el eslogan del 1 de mayo "Por el empleo con derechos y la garantía de nuestras pensiones". Un eslogan que profundiza en el planteamiento tradicional reivindicativo y que no sirve para mantener y crear empleo en momento de crisis. Es la misma actitud reivindicativa que se hizo patente en las recientes manifestaciones contra los empresarios, la volvieron a afirmar saliendo a la calle contra la reforma de las pensiones y se confirma cada vez que alguien se atreve a hablar de una reforma profunda del mercado de trabajo. El primero de mayo, el documento que justifica las manifestaciones, mantiene la misma filosofía: "Exigimos, pedimos, reclamamos, reiteramos, reivindicamos.", se repite una y otra vez. Pero el sindicalismo básicamente reivindicativo va a morir con esta crisis.
Los mismos sindicatos están experimentado un sindicalismo nuevo a pie de fábrica, cuando buscan fórmulas inéditas hasta ahora para concertar los despidos, disminuir el impacto de los EREs y mantener el empleo. Lo estamos viendo en multitud de acuerdos. Y esta experiencia va a constituir la base del futuro. Comités comprometidos con las empresas para que éstas superen sus dificultades, se modernicen, sean competitivas, mejoren la productividad, disminuya el absentismo y generen empleo de calidad. No se necesitan grandes pactos nacionales, ni que la patronal y los sindicatos se pasen dos años de crisis diciendo que van a concertar, y solamente hayan llegado a un limitado acuerdo, el de AENC 2010-2012.
En una economía global el único pacto que va garantizar el empleo, facilitando la estabilidad, flexibilidad y competitividad de las empresas es el defendido por el sindicato IG metal alemán: "ningún despido y asegurar la creación de valor industrial". En una palabra, convenios descentralizados y adaptados a la realidad de las empresas, algo que no gusta a los sindicatos. Entre tanto, el sindicalismo institucionalizado y subsidiado, de carácter corporativista, tan fácil de hacer, sigue empeñado en una concertación/confrontación social inoperante. Un sindicalismo que no va a tener sentido en la empresa del futuro, predominantemente pequeña, altamente flexible y de conocimiento intensivo.
A estas alturas de la crisis, ya no cabe duda de que el último día de la crisis económica y social, será el primero de un nuevo sindicalismo.
http://www.diariodenavarra.es/edicionimpresa/articulo.asp?not=a12art2098745a&dia=20100430&seccion=opinion
sábado, 1 de mayo de 2010
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